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XLVIII Jornadas de Estudio de la Teología en El Soto del Real.

hace 9 horas
6 min de lectura

Como cada año desde 1978 en que empezamos, hemos celebrado las XLIVIII Jornadas de Teología y Convivencia en El Soto del Real, en la residencia de El Soto.




Este año me correspondió desarrollar varios temas: uno sobre la Carta Apostólica

“Una fidelidad que genera futuro”, otro sobre la importancia de la vida de oración

para el sacerdote, y finalmente me correspondió hablar acerca de la importancia de la lectura espiritual en el plan de vida de un sacerdote y hecha a diario y de la

importancia que tiene como transmisión de una enseñanza cuando celebras la

Santa Misa y cuidas hasta los más pequeños detalles.


Sobre la Carta Apostólica “Una fidelidad que genera futuro” se me ocurrió dejar los

apuntes que me sirvieron de guión para el desarrollo de la clase que debía impartir.

Salida de la pluma del Papa León XIV es el resultado de un trabajo de análisis y

reflexión de nuestro querido Pontífice con objeto del LX aniversario de los decretos Optatam Totius y Presbyterorum ordinis promulgados por el Concilio Vaticano II.


Se trata de dos textos nacidos de una única inspiración de la Iglesia en la

celebración del Concilio, llamada como está a ser signo e instrumento de unidad

para todos los pueblos e interpelada a renovarse, consciente de que “la anhelada

renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los

sacerdotes, animado por el Espíritu de Cristo”.


Responsabilidad del sacerdote


Partimos de una idea central: una fidelidad que genera futuro es a lo que los

presbíteros están llamados también hoy. No simplemente para conservar lo

recibido, sino para una fidelidad fecunda capaz de generar vida, vocaciones,

comunión y misión. El Papa León, relaciona la perseverancia con la capacidad de

ayudar a descubrir a otros la alegría de la vocación presbiteral.


Ayudar a descubrir la alegría de la vocación al sacerdocio es ahora mismo

principal. Esto reclama que nosotros, los presbíteros, cuidemos bien nuestro

ministerio con una práctica espiritual constante y con la formación que por así

decir, en palabras de San Josemaría, no termina nunca: siempre podemos

actualizar nuestros conocimientos y alcanzar nuevos objetivos en la formación

manteniendo firme la identidad ministerial al mismo tiempo que podemos

evidenciar nuevas perspectivas que integren la reflexión dentro de la lógica de un

sano desarrollo doctrinal.


El Papa nos dirige su Carta desde una perspectiva: la que genera la fidelidad que

es a la vez gracia de Dios y camino constante de conversión para corresponder

con alegría a la llamada del Señor Jesús.


Es natural y desde luego muy animante que León XIV quiera expresar de inicio su

gratitud a tantos y tantos sacerdotes que en todas partes del mundo ofrecen su

vida a diario haciendo oración, sacrificios y una pastoral ininterrumpida que nace

de la unión con Dios, celebran el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, anuncian la

Palabra, absuelven los pecados y se dedican día tras día con generosidad a los

hermanos y hermanas sirviendo a la comunión y a la unidad y cuidando en

particular de quienes más sufren y pasan necesidad. Todos recordamos la

Parroquia de la Sagrada Familia en la Franja de Gaza; Papa Francisco llamaba a

diario para interesarse en primera persona de la situación que atravesaba, difícil,

dura, muy dura: el Padre Gabriel fue entonces el único recurso al que agarrarse cientos de personas que buscaban refugio. “El Papa nos llama para mostrar su

cercanía, pedir que cuidemos a los niños, a los que sufren, agradecer nuestro

ministerio”. Durante más de año y medio nos llamó todos los días, concluye.


Nunca un sacerdote elude su responsabilidad. Es por eso que el Papa nos invita a

reflexionar sobre nuestro sacerdocio desde la perspectiva del servicio, la

fraternidad, la sinodalidad, la misión, el futuro.


Servicio


Estas reflexiones parten de la propuesta que en su momento nos hacía el Papa

Benedicto XVI al recordarnos que la vocación nace del encuentro personal con

Cristo que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva

(Deus Caritas est, 1). Uno elige y decide de forma valiente seguir la vocación

sacerdotal, es un don de Dios que llama y pide ser custodiado dentro de la

dinámica de conversión permanente; dar respuesta en uno, como si la pregunta

fuera para mí; y sin embargo Jesús la dirige al Apóstol Pedro ¿me amas? (Jn. 21,

15). Hace falta que cada uno de nosotros demos respuesta a esa pregunta para,

con un corazón sincero, comprometernos en el propio ejercicio del ministerio.


Para ello conviene cuidar la propia formación para mantener vivo el don de Dios

recibido con el Sacramento del Orden (cf. 2 Tm 1, 6). En primer lugar aprender,

para luego enseñar, transmitir. Es decir, no olvidemos los sacerdotes que, antes de

ser guías del rebaño, somos discípulos del Maestro: lo primero pues, aprender,

escuchar. Que grato un encuentro con San Josemaría (así lo he vivido) en el que

nos decía he venido a aprender: nosotros, unos jovencísimos universitarios de

veinte años, escuchamos con asombro y sonrisa. Nos dice: es verdad porque yo

aprendo de vosotros: de vuestra sonrisa, de vuestra mirada, de vuestras preguntas

… aprendo a contestaros.


Fraternidad


Un recuerdo que nos lleva a orientar el segundo epígrafe: los presbíteros

constituidos por la Ordenación en el Orden del Presbiterado están unidos entre sí

por la íntima fraternidad sacramental y forman un presbiterio especial en la

diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el Obispo propio (Presbyterorum

ordinis, 9). Es pues elemento constitutivo de nuestra identidad y no mero slogan.


Es cierto que el cuidado recíproco, la atención a los hermanos más solos y

aislados, a los enfermos y ancianos que están quizá recogidos en alguna

residencia sacerdotal, no puede ser menos importante que el Pueblo de Dios que

nos ha sido confiado en los límites naturales de una parroquia u otro encargo

pastoral. El encuentro de varios sacerdotes que se reúnen para cenar juntos quizá,

para compartir un tiempo de amistad y compañerismo, para un momento de

distracción o esparcimiento es más importante de lo que parece. La fraternidad

presbiteral más que una tarea a realizar es un don inherente a la gracia de la

Ordenación. Es ser fieles a la comunión que ayuda en definitiva a superar la

tentación del individualismo. Siempre veré con desolación aquel suceso que me

contaron referido a un sacerdote que experimentó la situación de una calumnia. Y

los demás sacerdotes, nuestros hermanos, no se juntan con usted, no hablan, él

respondió yo me junto solo. Una pena sí, sin duda.


Sinodalidad


Nos ayuda y mucho a descubrir nuestra identidad sacerdotal no solo la comunión

presbiteral sino también la relación con los fieles laicos entre los cuales los

presbíteros son hermanos entre los hermanos. En el documento final de la

segunda sesión de la XVI Asamblea sinodal se destaca que los presbíteros están

llamados a vivir con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y escucha

de todos abriéndose a un estilo sinodal. Esto contribuye a una razón que siempre

interesa si se quiere implementar cada vez mejor una eclesiología de comunión,

hace falta que el presbítero, aún siendo importante el liderazgo que le puede

caracterizar, necesita que no sea algo exclusivo que centraliza en su persona

todas las cargas y responsabilidades confiadas, sino que sabe y tiende a una

conducción cada vez más colegiada que se realiza entre presbíteros, diáconos, y

todo el Pueblo de Dios causando un enriquecimiento que es fruto de los carismas

suscitados por el Espíritu.


Misión


Nuestra identidad como presbíteros es también inseparable de la misión recibida.

Quien quiere encontrar esa identidad penetrando introspectivamente en su interior quizá tropiece con una palabra que habla de salida: sal de ti mismo, sal en busca de Dios en la adoración, sal y entrega a tu pueblo lo que se ta ha confiado … los presbíteros son en la Iglesia y para la Iglesia una representación sacramental de

Jesucristo: proclaman la Palabra con autoridad, renuevan sus gestos de perdón y

la oferta de salvación principalmente a través del Bautismo, Penitencia y

Eucaristía, ejercen el don total de sí mismos, de modo que desarrollan la vocación

sacerdotal entre las alegrías y fatigas de servicio a los hermanos; así enseñaba el

Santo Papa Juan Pablo II.

En un mundo como el nuestro, el que ahora Dios mismo nos permite vivir, con ritmos acelerados y la ansiedad que nos pide estar hiperconectados e incluso nos vuelve frenéticos y conduce al activismo el sacerdote ha de estar prevenido ante dos males posibles: el eficientismo, según el cual el valor de cada uno se mide por la cantidad de proyectos y actividades; y el quietismo que, ante el susto de la vida lleva a encerrarnos y adoptar una posición perezosa o derrotista cuando en realidad nos interesa llegar a evangelizar todos los ámbitos de la vida de las personas de modo que llevemos las almas a Dios. Equilibrio y armonía deben ser los parámetros que guíen nuestra actuaciones.


Futuro


El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús, afirmaba el Santo Cura de Ars y

ese amor se debe enraizar en el sacerdote de tal manera que apoyado en la

Oración y Adoración no pare de rogar al Dueño de la mies que envíe obreros a su

mies (Mt. 9, 37-38). La escasez de vocaciones en muchas regiones del mundo en

el momento actual, reclama una petición y ruego así como el cuidado de todas las

vocaciones porque todas son necesarias para Dios.


José Ignacio Varela

Ateneo de Teología

 
 

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