XLVIII Jornadas de Estudio de la Teología en El Soto del Real.
Como cada año desde 1978 en que empezamos, hemos celebrado las XLIVIII Jornadas de Teología y Convivencia en El Soto del Real, en la residencia de El Soto.

Este año me correspondió desarrollar varios temas: uno sobre la Carta Apostólica
“Una fidelidad que genera futuro”, otro sobre la importancia de la vida de oración
para el sacerdote, y finalmente me correspondió hablar acerca de la importancia de la lectura espiritual en el plan de vida de un sacerdote y hecha a diario y de la
importancia que tiene como transmisión de una enseñanza cuando celebras la
Santa Misa y cuidas hasta los más pequeños detalles.
Sobre la Carta Apostólica “Una fidelidad que genera futuro” se me ocurrió dejar los
apuntes que me sirvieron de guión para el desarrollo de la clase que debía impartir.
Salida de la pluma del Papa León XIV es el resultado de un trabajo de análisis y
reflexión de nuestro querido Pontífice con objeto del LX aniversario de los decretos Optatam Totius y Presbyterorum ordinis promulgados por el Concilio Vaticano II.
Se trata de dos textos nacidos de una única inspiración de la Iglesia en la
celebración del Concilio, llamada como está a ser signo e instrumento de unidad
para todos los pueblos e interpelada a renovarse, consciente de que “la anhelada
renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los
sacerdotes, animado por el Espíritu de Cristo”.
Responsabilidad del sacerdote
Partimos de una idea central: una fidelidad que genera futuro es a lo que los
presbíteros están llamados también hoy. No simplemente para conservar lo
recibido, sino para una fidelidad fecunda capaz de generar vida, vocaciones,
comunión y misión. El Papa León, relaciona la perseverancia con la capacidad de
ayudar a descubrir a otros la alegría de la vocación presbiteral.
Ayudar a descubrir la alegría de la vocación al sacerdocio es ahora mismo
principal. Esto reclama que nosotros, los presbíteros, cuidemos bien nuestro
ministerio con una práctica espiritual constante y con la formación que por así
decir, en palabras de San Josemaría, no termina nunca: siempre podemos
actualizar nuestros conocimientos y alcanzar nuevos objetivos en la formación
manteniendo firme la identidad ministerial al mismo tiempo que podemos
evidenciar nuevas perspectivas que integren la reflexión dentro de la lógica de un
sano desarrollo doctrinal.
El Papa nos dirige su Carta desde una perspectiva: la que genera la fidelidad que
es a la vez gracia de Dios y camino constante de conversión para corresponder
con alegría a la llamada del Señor Jesús.
Es natural y desde luego muy animante que León XIV quiera expresar de inicio su
gratitud a tantos y tantos sacerdotes que en todas partes del mundo ofrecen su
vida a diario haciendo oración, sacrificios y una pastoral ininterrumpida que nace
de la unión con Dios, celebran el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, anuncian la
Palabra, absuelven los pecados y se dedican día tras día con generosidad a los
hermanos y hermanas sirviendo a la comunión y a la unidad y cuidando en
particular de quienes más sufren y pasan necesidad. Todos recordamos la
Parroquia de la Sagrada Familia en la Franja de Gaza; Papa Francisco llamaba a
diario para interesarse en primera persona de la situación que atravesaba, difícil,
dura, muy dura: el Padre Gabriel fue entonces el único recurso al que agarrarse cientos de personas que buscaban refugio. “El Papa nos llama para mostrar su
cercanía, pedir que cuidemos a los niños, a los que sufren, agradecer nuestro
ministerio”. Durante más de año y medio nos llamó todos los días, concluye.
Nunca un sacerdote elude su responsabilidad. Es por eso que el Papa nos invita a
reflexionar sobre nuestro sacerdocio desde la perspectiva del servicio, la
fraternidad, la sinodalidad, la misión, el futuro.
Servicio
Estas reflexiones parten de la propuesta que en su momento nos hacía el Papa
Benedicto XVI al recordarnos que la vocación nace del encuentro personal con
Cristo que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva
(Deus Caritas est, 1). Uno elige y decide de forma valiente seguir la vocación
sacerdotal, es un don de Dios que llama y pide ser custodiado dentro de la
dinámica de conversión permanente; dar respuesta en uno, como si la pregunta
fuera para mí; y sin embargo Jesús la dirige al Apóstol Pedro ¿me amas? (Jn. 21,
15). Hace falta que cada uno de nosotros demos respuesta a esa pregunta para,
con un corazón sincero, comprometernos en el propio ejercicio del ministerio.
Para ello conviene cuidar la propia formación para mantener vivo el don de Dios
recibido con el Sacramento del Orden (cf. 2 Tm 1, 6). En primer lugar aprender,
para luego enseñar, transmitir. Es decir, no olvidemos los sacerdotes que, antes de
ser guías del rebaño, somos discípulos del Maestro: lo primero pues, aprender,
escuchar. Que grato un encuentro con San Josemaría (así lo he vivido) en el que
nos decía he venido a aprender: nosotros, unos jovencísimos universitarios de
veinte años, escuchamos con asombro y sonrisa. Nos dice: es verdad porque yo
aprendo de vosotros: de vuestra sonrisa, de vuestra mirada, de vuestras preguntas
… aprendo a contestaros.
Fraternidad
Un recuerdo que nos lleva a orientar el segundo epígrafe: los presbíteros
constituidos por la Ordenación en el Orden del Presbiterado están unidos entre sí
por la íntima fraternidad sacramental y forman un presbiterio especial en la
diócesis a cuyo servicio se consagran bajo el Obispo propio (Presbyterorum
ordinis, 9). Es pues elemento constitutivo de nuestra identidad y no mero slogan.
Es cierto que el cuidado recíproco, la atención a los hermanos más solos y
aislados, a los enfermos y ancianos que están quizá recogidos en alguna
residencia sacerdotal, no puede ser menos importante que el Pueblo de Dios que
nos ha sido confiado en los límites naturales de una parroquia u otro encargo
pastoral. El encuentro de varios sacerdotes que se reúnen para cenar juntos quizá,
para compartir un tiempo de amistad y compañerismo, para un momento de
distracción o esparcimiento es más importante de lo que parece. La fraternidad
presbiteral más que una tarea a realizar es un don inherente a la gracia de la
Ordenación. Es ser fieles a la comunión que ayuda en definitiva a superar la
tentación del individualismo. Siempre veré con desolación aquel suceso que me
contaron referido a un sacerdote que experimentó la situación de una calumnia. Y
los demás sacerdotes, nuestros hermanos, no se juntan con usted, no hablan, él
respondió yo me junto solo. Una pena sí, sin duda.
Sinodalidad
Nos ayuda y mucho a descubrir nuestra identidad sacerdotal no solo la comunión
presbiteral sino también la relación con los fieles laicos entre los cuales los
presbíteros son hermanos entre los hermanos. En el documento final de la
segunda sesión de la XVI Asamblea sinodal se destaca que los presbíteros están
llamados a vivir con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y escucha
de todos abriéndose a un estilo sinodal. Esto contribuye a una razón que siempre
interesa si se quiere implementar cada vez mejor una eclesiología de comunión,
hace falta que el presbítero, aún siendo importante el liderazgo que le puede
caracterizar, necesita que no sea algo exclusivo que centraliza en su persona
todas las cargas y responsabilidades confiadas, sino que sabe y tiende a una
conducción cada vez más colegiada que se realiza entre presbíteros, diáconos, y
todo el Pueblo de Dios causando un enriquecimiento que es fruto de los carismas
suscitados por el Espíritu.
Misión
Nuestra identidad como presbíteros es también inseparable de la misión recibida.
Quien quiere encontrar esa identidad penetrando introspectivamente en su interior quizá tropiece con una palabra que habla de salida: sal de ti mismo, sal en busca de Dios en la adoración, sal y entrega a tu pueblo lo que se ta ha confiado … los presbíteros son en la Iglesia y para la Iglesia una representación sacramental de
Jesucristo: proclaman la Palabra con autoridad, renuevan sus gestos de perdón y
la oferta de salvación principalmente a través del Bautismo, Penitencia y
Eucaristía, ejercen el don total de sí mismos, de modo que desarrollan la vocación
sacerdotal entre las alegrías y fatigas de servicio a los hermanos; así enseñaba el
Santo Papa Juan Pablo II.
En un mundo como el nuestro, el que ahora Dios mismo nos permite vivir, con ritmos acelerados y la ansiedad que nos pide estar hiperconectados e incluso nos vuelve frenéticos y conduce al activismo el sacerdote ha de estar prevenido ante dos males posibles: el eficientismo, según el cual el valor de cada uno se mide por la cantidad de proyectos y actividades; y el quietismo que, ante el susto de la vida lleva a encerrarnos y adoptar una posición perezosa o derrotista cuando en realidad nos interesa llegar a evangelizar todos los ámbitos de la vida de las personas de modo que llevemos las almas a Dios. Equilibrio y armonía deben ser los parámetros que guíen nuestra actuaciones.
Futuro
El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús, afirmaba el Santo Cura de Ars y
ese amor se debe enraizar en el sacerdote de tal manera que apoyado en la
Oración y Adoración no pare de rogar al Dueño de la mies que envíe obreros a su
mies (Mt. 9, 37-38). La escasez de vocaciones en muchas regiones del mundo en
el momento actual, reclama una petición y ruego así como el cuidado de todas las
vocaciones porque todas son necesarias para Dios.
José Ignacio Varela
Ateneo de Teología
