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Romería de mayo del Ateneo

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Actualizado: hace 6 días

Empezó el mes de mayo y, como tenemos por costumbre en el Ateneo de Teología, pensamos un día para hacer una Romería y rezar ante una advocación de la Santísima Virgen en las proximidades de Madrid.



Hubo sugerencias dignas de mención pero la más aceptada fue la de dirigirnos al Santuario de la Virgen de Shoenstatt en Pozuelo ya que alguno de los presentes recordó que se celebraban los 100 años del Instituto Secular de las Hermanas de María de Shoenstatt y que el Santo Padre León XIV había concedido al Santuario original en Shoenstatt -santuario de la fundación de la comunidad- y a todos los santuarios, iglesias y capillas que están bajo la responsabilidad de la Comunidad, el don de la Indulgencia Plenaria. -¡Qué mejor!- pensamos. Acudimos a uno de estos santuarios, rezamos el rosario, pedimos por las intenciones del Santo Padre, confesamos y comulgamos según prescrito y ganamos la Gracia de la Indulgencia.


A este santuario nos dirigimos más de 20 sacerdotes, rezamos juntos una de las Horas de la Liturgia de las Horas, saludamos a María Santísima de Shoenstatt con el Regina Coeli, rezamos el Santo Rosario, cantamos la Salve y con la alegría de este encuentro mariano regresamos al Ateneo para completar la actividad del día.


Como es natural hacer una Romería así no es casualidad, es lo que en el Ateneo hemos aprendido de las enseñanzas de san Josemaría.



La devoción de la Romería se remonta al año 1935. El año anterior uno de los jóvenes que frecuentaban DYA, Ricardo, sufrió un ataque de reumatismo con el peligro de perder convocatoria de exámenes en la Escuela de Arquitectura. Hizo entonces una promesa que, si se curaba, acudiría peregrino a Sonsoles en Ávila para dar gracias. No la pudo cumplir en aquel momento, pero sí al año siguiente, el 2 de mayo, acompañado de san Josemaría y de otro de los compañeros que acudían a DYA, José María González Barredo.


"Decidida la marcha a Sonsoles, quise celebrar la Santa Misa en DYA antes de emprender el camino de Ávila. En la Misa, al hacer el memento, con empeño muy particular —más que mío— pedí a nuestro Jesús que aumentara en nosotros —en la Obra— el Amor a María, y que este Amor se tradujese en hechos. Ya en el tren, sin querer, anduve pensando en lo mismo: la Señora está contenta, sin duda, del cariño nuestro, cristalizado en costumbres virilmente marianas: su imagen, siempre con los nuestros; el saludo filial, al entrar y salir del cuarto; los pobres de la Virgen; la colecta de los sábados; omnes com Petro ad Jesum per Mariam; Cristo, María, el Papa... Pero, en el mes de mayo, hacía falta algo más. Entonces, entreví la "Romería de Mayo", como costumbre que se ha de implantar —que se ha implantado— en la Obra", escribe san Josemaría.


Sin entrar en el recinto amurallado, se encaminaron directamente hacia la ermita. Desde lejos veían el santuario en lo alto de la ladera. Rezaron un rosario a la subida; otro, dentro, ante la imagen de la Virgen, en medio de ex-votos y ofrendas; y una tercera parte, de vuelta a la estación de Ávila (en tres partes del Rosario se compone la Costumbre de la Romería). De las incidencias habidas sacó tema san Josemaría para hacer a los suyos consideraciones sobre la perseverancia:


Desde Ávila —cuenta—, veníamos contemplando el Santuario, y —es natural—, al llegar a la falda del monte desapareció de nuestra vista la Casa de María. Comentamos: así hace Dios con nosotros muchas veces. Nos muestra claro el fin, y nos le da a contemplar, para afirmarnos en el camino de su amabilísima Voluntad. Y, cuando ya estamos cerca de El, nos deja en tinieblas, abandonándonos aparentemente. Es la hora de la tentación: dudas, luchas, oscuridad, cansancio, deseos de tumbarse a lo largo... Pero, no: adelante. La hora de la tentación es también la hora de la Fe y del abandono filial en el Padre-Dios. ¡Fuera dudas, vacilaciones e indecisiones! He visto el camino, lo emprendí y lo sigo. Cuesta arriba, ¡hala, hala!, ahogándome por el esfuerzo: pero sin detenerme a recoger las flores, que, a derecha e izquierda, me brindan un momento de descanso y el encanto de su aroma y de su color... y de su posesión: sé muy bien, por experiencias amargas, que es cosa de un instante tomarlas y agostarse: y no hay, en ellas para mí, ni colores, ni aromas, ni paz |# 151|.


En recuerdo de esa romería, don Josemaría guardaba en una pequeña arqueta un puñado de espigas como símbolo y esperanza de la fecundidad apostólica en el mes de mayo.

 
 

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