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Presentación del libro “El valor del cuerpo y de la sexualidad” de José Miguel Granados

El profesor José Miguel Granados, sacerdote, un habitual del Ateneo de Teología, presentó en su parroquia de Santa María Magdalena su último libro que es ahora mismo de gran actualidad. En el relato que aportamos se puede leer un resumen que nos permite hacernos cargo de su contenido.



I. La cuestión del significado del cuerpo en nuestro contexto cultural

 

En este libro he pretendido ofrecer la respuesta a las preguntas fundamentales que todos nos hacemos sobre el significado, el valor y el fin cuerpo y de la sexualidad humanos. A la hora de acometer estas cuestiones existenciales, la sociedad contemporánea nos sitúa ante alternativas decisivas, con frecuencia angustiosas en la vida de cada uno, y, además, determinantes en la orientación del rumbo de las sociedades. Enuncio unas cuantas disyuntivas al respecto.


·         Yo ¿tengo un cuerpo, o soy un sujeto humano corpóreo?;


·         nuestro cuerpo ¿es algo animal, un organismo especialmente evolucionado, o posee un significado verdaderamente personal?;


·         ¿es una pura máquina útil que se ha de considerar desde parámetros pragmáticos y productivos de eficiencia, o bien constituye un altísimo valor, de carácter sagrado, acreedor de derechos innatos, que todos deben reconocer?;


·         ¿es solamente un enigma que ha de desentrañar la investigación científica, o se trata de un misterio trascendente?;


·         ¿es un objeto de uso y disfrute, o más bien un individuo personal único, que suscita asombro, que expresa en sus gestos y actos las disposiciones del corazón, y que merece siempre acogida benevolente?;


·         nuestro cuerpo ¿es ante todo instrumento de placer sensual, o contiene una fuente profunda de entrega en libertad y de comunión fiel y fecunda?;


·         ¿es simple ocasión de goce y emoción, o maravilloso reflejo de la belleza divina, que alberga una llamada al amor esponsalicio de compromiso para construir comunidades familiares?;


·         nuestra corporeidad ¿se ha de considerar desde la perspectiva técnica o desde la visión específicamente ética?;


·         ¿está bien dejarse llevar sin más por las apetencias psico-somáticas, o resulta necesaria una paciente educación en las virtudes para aprender a amar sabiamente con el cuerpo?;


·         ¿el placer y el gozo afectivo-sexual es algo peligroso, sucio y pecaminoso, o bien resulta una dádiva divina que podemos disfrutar con agradecimiento si acertamos a integrarla en el amor verdadero?;


·         ¿es adecuado anular la dimensión procreativa del cuerpo humano para evitar embarazos indeseados, o resulta inhumano secar las fuentes de la vida sin respetar su generatividad intrínseca?;


·         el fruto de la generación humana ¿es parte del cuerpo de la mujer-madre, la cual puede decidir su supresión, o todo individuo humano está dotado de una dignidad inviolable que merece respeto absoluto e incondicional?;


·         el embrión humano ¿puede ser manipulado por la ciencia experimental como material biológico sin que se produzca una terrible derrota que envilece la civilización?;


·         ¿es legítimo mostrar en los medios de comunicación de masas la sexualidad humana, o bien resulta indigno exponer el cuerpo humano desnudo con procacidad, y se han de vivir, por tanto, las reglas del pudor para preservar el respeto de la intimidad personal y así defender a los más vulnerables?;


·         el cuerpo humano ¿puede ser usado arbitrariamente, según los intereses de cada uno, o bien debe respetarse la ley moral natural, establecida por el Creador, grabada en lo más profundo de nuestro ser, conforme a la cual seremos juzgados?;


·         el cuerpo humano ¿posee el significado intrínseco de la masculinidad y de la feminidad en relación comprometida de complementariedad fecunda, o cada uno puede elegir en cada momento el rol sexual que decida?;


·         ¿es legítimo desechar el cuerpo humano cuando experimenta dolor o sufrimiento, acabando con una vida que ya no tendría suficiente valor, o, en realidad, incluso cuando se encuentra en condiciones de precariedad la persona enferma sigue dotada de dignidad infinita y, por tanto, ha de ser cuidada con esmero hasta el momento de su muerte natural?;


·         por otro lado, el cuerpo humano ¿se sitúa en el flujo de la vida como una más entre las diversas energías cósmicas con las que hay que procurar armonía, o bien constituye una persona única e irrepetible, que jamás cesará de existir como un yo consciente y decisorio?;


·         y, por último, ¿está destinado nuestro cuerpo a la aniquilación tras la muerte, o hemos de esperar la resurrección gloriosa de la carne prometida por el Señor Jesús?



II. El cuerpo humano, partícipe del misterio divino.

 

La respuesta verdadera a estas cuestiones esenciales sobre la corporeidad humana y la sexualidad la he buscado en la revelación divina, convergente con la experiencia humana universal. Por ello, he recurrido a las enseñanzas de la Iglesia católica, fiel custodia del evangelio de Jesucristo, con el recurso al magisterio contemporáneo de los papas y, en especial, a la teología del cuerpo desarrollada por san Juan Pablo II. Permitidme que ofrezca como botón de muestra algunos ejemplos de este esplendido legado de la doctrina del papa polaco.


En primer lugar, enseña que la esencia de la sexualidad consiste en su capacidad para contener y manifestar el amor propiamente interpersonal, como participación en el mismo querer divino. Por eso escribe:

“El cuerpo, que expresa la feminidad «para» la masculinidad y viceversa, la masculinidad «para» la feminidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas. La expresa a través del don como característica fundamental de la existencia personal. ‘Esto es el cuerpo’: testigo de la creación como un don fundamental y, por tanto, ‘testigo del Amor [con mayúsculas, divino] como manantial del que ha nacido este mismo donar’. La masculinidad-feminidad –es decir ‘el sexo– es el signo originario de una donación’. Este es el significado con el que el sexo entra en la teología del cuerpo”.


En cuanto el significado sacramental del cuerpo humano, es decir, como signo, presencia y cauce del amor divino en el mundo, escribe:

“El cuerpo, en efecto, y solamente él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir en la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad, y ser así su signo”.


Por ello, la dimensión trascendente de la corporeidad humana y de sus dinamismos reclama el amor de donación, y apunta a lo más elevado, hacia el misterio divino, como trasunto de la belleza infinita que da vida. Escribe Juan Pablo II:

“El cuerpo humano, orientado interiormente por el «don sincero» de la persona, no sólo revela su masculinidad o feminidad en el plano físico, sino también ‘un valor y una belleza que sobrepasan la dimensión meramente física de la sexualidad’”.

Y, en fin, sobre el valor del cuerpo humano a la luz del misterio de la encarnación, afirma rotundamente:


“Por el hecho de que el Verbo de Dios se ha hecho carne, el cuerpo ha entrado, podría decirse, a través de la puerta principal, en la teología, es decir, en la ciencia que tiene por objeto la divinidad”.



III. Testimonios literarios de la experiencia sobre el sentido del cuerpo.

 

En cuanto a la vivencia del sentido del cuerpo y de su actuar, he acudido al testimonio de algunos referentes de la literatura, tanto en los grandes relatos, que reflejan la historia personal con la indagación del sentido de la existencia, así como en la poesía, que contiene la expresión simbólica de la intimidad y del misterio del corazón humano. Os ofrezco dos ejemplos al respecto.

 

       Maggie Tulliver es la protagonista del relato El molino del Floss, de la gran novelista inglesa Marian Evans (de mediados del siglo XIX, que firmaba con el seudónimo George Eliot). Narra la historia de la joven y bella hija del molinero que, ingenuamente, cae en las redes lisonjeras de un apuesto seductor, a la sazón el prometido de su prima.


       Al llegar al difícil trance en que éste se la lleva lejos en una pequeña barca de remos río abajo, ella, al despertar de un plácido sueño, mecida por el balanceo del agua, comprende que le ha tendido una trampa. Si se casa rápidamente con él, como le propone, podría salvar la situación de cara a la opinión pública, aunque traicionaría a los seres queridos. Si se niega, en adelante tendrá que remontar contra corriente en su vida, duramente, para superar en ese primer momento la fuerte pasión erótica de este hombre sensual sin escrúpulos y, después, afrontar la incomprensión, la deshonra social y el ostracismo.


       Con todo, es en este trance dramático cuando ella acierta a desmontar los argumentos del impositivo galán manipulador, que solo atiende a la intensidad de la atracción de su amor romántico y egoísta como lo decisivo que pretende justificarlo todo. En un tenso diálogo, Maggie le rebate con lucidez desde la sabiduría del corazón:

“El amor es natural, pero sin duda que la piedad y la fidelidad y la memoria son también naturales”.


       Ella sabe que, pese a las apariencias y a los obstáculos, la lealtad a las personas amadas es un acto bello y exigible, que nos asemeja al corazón del mismo Dios, y que siempre traerá bien para todos, mientras que la traición y el engaño son degradantes y deshumanizadoras. Por eso añade:

“La fidelidad y la constancia significan algo más que hacer lo que nos resulta más fácil o agradable. Significan renunciar a lo que se oponga a la confianza que otros tienen en nosotros”.


       Esta joven de carácter recio y de conciencia delicada ha comprendido que los compromisos adquiridos no son meras leyes externas prescindibles, sino que configuran la trama interior de la dignidad de la persona y de las relaciones humanas justas. Por ello, es exigible mantenerlos en las situaciones difíciles para custodiar la grandeza moral y no deshilachar el delicado tapiz de los nudos entrelazados de alianzas y relaciones interpersonales que configuran el hogar familiar. El goce del instante no puede ser la norma primera de conducta, sino que hemos de regirnos por la justicia y la verdad del amor a las personas queridas y, en definitiva, al mismo Dios. Afirma, por último, Maggie:

“No podemos elegir la consecución de la felicidad para nosotros mismos o para otros… Únicamente podemos elegir si transigimos en la apetencia del momento presente o si renunciamos a la misma por obedecer la voz divina dentro de nosotros, por ser congruentes con todo lo que santifica nuestras vidas”.

 

         El segundo ejemplo que traigo es del escritor contemporáneo Pedro Miguel Lamet, jesuita, que contempla y describe con poderosas metáforas cósmicas la formación del ser humano, varón y mujer, acontecimiento culminante de la obra del Creador del mundo, en su espléndido poema titulado “El sexo”, concebido este como don y fuerza personal que constituye al ser humano, varón y mujer, en partícipe de la obra divina creadora:


“Dios miróse aquel día

como a dos nubes anchas

sus dos manos inciertas.

Y pensó:

«Ya es hora de que abramos

en la carne del hombre

la senda del misterio.


Que conozca que existe,

que sepa que ha nacido

al saber que no es sólo

‘gratis’ lluvia de Dios,

sino además la fuente

de un crear que persiste

y recuerde en la noche

que en algo se parece

a este gesto del Padre

cuando toca».


   Apalabró enseguida

el ímpetu del viento,

por concitar la fuerza.

Atrajo a un río consigo

por copiar las estrellas,

y sacó de la gruta

la oscuridad sin límite

viajando en pos del mar.

Saltó hacia una montaña,

la despojó de su nieve

y absorbió de la tierra

borbotones de fuego.

  

«Ya está -pensó-,

id ahora quemando

por las venas del hombre.


Hacedlo doble y uno,

multiplicado asombro,

sociedad en penumbra,

terror de los abismos,

necesidad de abrazo,

desvelación, encuentro…».


   Se cruzaron los cuerpos

y supieron entonces

su índole primera, su ser alma

con el gozo sentido de otroidad.

«Yo soy yo» -dijo él.

«Yo soy yo» -dijo ella.


   Eran, sin conocerlo,

pequeños dioses tímidos.

Y vio Dios que aquel fuego

desde el alto volcán

inundaba la hora;

tronaba encabritado

para colmar el valle

de una paz imposible:

un hogar emergía revestido de luna.

Eran todo en Todo.

  

El y Ella mirándose, vidriosos,

por detrás de una lágrima.

Se asomaron al mundo

que había recién nacido.

Dijeron: «¡Dios existe!».

 

IV.        La Encarnación del Verbo colma el deseo de belleza

 

En la comprensión del sentido de los deseos que anidan en nuestro cuerpo y en nuestro corazón, los grandes pensadores, desde Platón, pasando por san Agustín hasta llegar a Goethe, han descubierto que -como decía este último- “todo anhelo del hombre no es en el fondo sino anhelo de Dios”. Por ello, el eros constituye una fuerza de atracción afectivo-sexual y de donación trascendente para formar comunión, engendrar en el amor, para dar vida personal.


Por eso, podemos afirmar, remedando a Juan Pablo II, que en la biología de nuestra corporeidad está grabada la teología de nuestra personeidad: en nuestro organismo corpóreo se halla inscrita nuestra identidad humana, como participación en la intimidad divina. Nuestro cuerpo y sus dinamismos constituyen receptáculo privilegiado del Espíritu Santo, portador de sus bendiciones. La interpretación animalista o mecanicista del mismo resulta radicalmente reductiva y falsa, pues “el hombre supera infinitamente al hombre”, como afirmó certeramente el pensador cristiano Blas Pascal.


En la carne de Jesús de Nazaret, el Hijo unigénito del Padre que ha asumido nuestra humanidad y nuestra historia de pecado, se resuelve, sana y diviniza la paradoja del eros herido y redimido. Así lo expresaba con acierto Simone Weil: “En un ser humano, el deseo de amar la belleza del mundo es esencialmente el deseo de la Encarnación”. 


En conclusión, el misterio del cuerpo humano y de la sexualidad sólo se descifra por completo a la luz de la persona y del evangelio de Jesucristo, el Verbo encarnado, el Hijo unigénito del Padre eterno, el Dios humanado.


Muchas gracias.


José Miguel Granados

 
 

© 2020 BY RODOBARRO

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