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Mons. Celso Morga: "La existencia sacerdotal consiste en poner todo lo propio a merced de Cristo"

El arzobispo de Badajoz, Monseñor Celso Morga, no pudo acudir personalmente a "Aprender Roma" a la presentación de su ponencia en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma. Nos llegó vía telemática y como la recibimos así la exponemos en nuestra web. Con todo, queremos agradecer de un modo especial al Profesor Emérito de la Universidad que nos ha acogido, Monseñor Juan Carlos Domínguez, el tiempo que nos dedicó para comentarnos el contenido de dicha ponencia.


Mons. Celso Morga, arzobispo de Badajoz.


Mons. Juan Carlos Domínguez comentó el contenido de la potencia de Mons. Celso Morga.


Saludos… con la pena de no poder estar presente.


Quiero iniciar esta exposición con una cita del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvé y me ha enviado para vendar corazones desgarrados…para consolar afligidos…para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos» (Is 61,1 y ss.). Como a Isaías - ¡mucho más que a Isaías!- el Señor nos ha ungido y nos ha enviado para anunciar la buena noticia de Cristo a todos los hombres, particularmente a los que sufren.


Nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, hemos sido ungidos y enviados principalmente para confeccionar, anunciar, vivir la Eucaristía. La Eucaristía es la razón de ser principal de nuestro sacerdocio ministerial: «Esto es mi Cuerpo…Esta copa es la Nueva Alianza, sellada con mi Sangre» (Lc 22, 19-20).

Estas dos citas de la Escritura enmarcan nuestro sacerdocio ministerial. La liturgia, el Magisterio, los santos y santas de la Iglesia así lo han percibido a lo largo de los siglos.


Santa Catalina de Siena, en el “Dialogo”, tiene una expresión que llama nuestra atención por su fuerza. Afirma que los sacerdotes ministeriales tenemos “la llave de la Sangre”, de esa Sangre de la cual nos habla San Juan en su primera carta: «la Sangre de su Hijo Jesús, que nos limpia de todo pecado» (1Jn 1,5). Es decir, los sacerdotes ministeriales tenemos “la llave de la santificación de los hombres”.

En palabras del Concilio Vaticano II: «Dios consagra a los presbíteros por medio del Obispo para que, participando de manera especial del sacerdocio de Cristo, actúen en las celebraciones sagradas (sobre todo en la Eucaristía) como ministros de Aquel que ejerce siempre por nosotros su función sacerdotal en la Liturgia por medio del Espíritu» (PO, 5).


¡Pido que no olvidemos nunca esta responsabilidad ante Dios y ante los hombres!

Algo muy significativo también, en la doctrina del “Dialogo”, es la insistencia del Señor, en el dialogo con Santa Catalina, «para que se reconozca siempre la dignidad de los sacerdotes, a pesar de sus defectos»: «No quiero que mis cristos sean tocados». Recordemos la doctrina católica, expuesta por el Concilio Vaticano II: «Aunque la gracia de Dios pueda llevar a cabo sin duda alguna la obra de la salvación, incluso por medio de ministros indignos, sin embargo, por ley ordinaria, Dios prefiere mostrar sus maravillas por medio de aquellos que dóciles al impulso y a las inspiraciones del Espíritu Santo, por su unión íntima con Cristo y por su santidad de vida, pueden decir con el Apóstol: “Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mi (Gal 2,22)» (PO, 12).Sobre todo en la confección de la Eucaristía, pero también en la administración de los demás sacramentos hay una identificación “casi física” del sacerdote ministerial con Crismo mismo: “in persona Christi Capitis”. «En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, Sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad» (CIC, n. 1548). Esta certeza de la Iglesia que ha sido puesta de manifiesto repetidamente por el Concilio Vaticano II (cf. LG 10; SC 33;CD 11; PO 2, 6) no es nueva sino que responde a la más venerable tradición: «Christus est fons totius sacerdotii: nan sacerdos legalis erat figura ipsius, sacerdos autem novae legis in persona ipsius operatur» (S. Tomas de Aquino, S.Th. 3,22,4) (traducción: Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues el sacerdocio de la antigua ley era figura de Él y el sacerdocio de la nueva ley actúa en su persona). Pienso que aquí se encuentra la razón última del celibato sacerdotal: en esa identificación como “total” con Cristo mismo.


El ejercicio del ministerio del Espíritu debe consolidar, por tanto, nuestra vida espiritual. Todo nuestro ministerio tiene como finalidad la santidad del Pueblo de Dios y nuestra propia santidad, pero que no nos asusten ni abatan nuestros pecados, nuestras limitaciones y defectos. Pidamos siempre la gracia de la conversión, que es la “gracia de las gracias”. Luchemos contra ellos con la gracia de Dios y esforcémonos por alcanzar un amor a Cristo que se renueve cada día y nos haga cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios, «gobernándolo no la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere»(1P). ¡Nuestra vocación es nuestra salvación!


¡En estos tiempos tan difíciles, sobre todo a causa de abusos a menores por parte de sacerdotes, pidamos al Señor que se reconozca siempre en la Iglesia y en el mundo la dignidad sacerdotal!


San Josemaría decía de sí como sacerdote: «Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo y mi alma: le doy todo» ¿Qué pinta el sacerdote en una sociedad tan secularizada como la que estamos viviendo?; ¿será la respuesta que él también tiene que secularizarse, mimetizarse, ser “uno más”? Esa es una tentación fuerte. El ambiente social parece como si nos quisiera engullir con su fuerza de atracción. Además, parece que esa actitud viene acompañada de un cierto éxito pastoral: eres aceptado; no tienes complicaciones… pero el sacerdote así ¿es fermento de santidad?


Lo volvamos a repetir: la verdadera respuesta está en la identificación específica con Cristo Pastor que es el don por excelencia del sacramento del Orden y se desarrolla en la medida en que el sacerdote pone todo lo suyo en manos de Cristo. Esto ocurre de modo paradigmático y excelente en la celebración de la Eucaristía. En la santa Misa el sacerdote presta su ser a Cristo para “traer” a Cristo. San Josemaría expresaba esta verdad con fuerza singular: «Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá(…): eres Cristo (…) Es El quien dice: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in “persona Christi”, haciendo las veces de Cristo» (citado en J. Echevarría, “Por Cristo, con El y en El”, Ed. Palabra, p.167). Esta identificación producida en el alma por el sacramento del Orden es esencial en la vida espiritual y pastoral del sacerdote ministerial. San Gregorio Magno escribe: «quienes celebramos los misterios de la pasión del Señor, hemos de imitar lo que hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos hostia nosotros mismos» (San Gregario magno, Lib. Dialogorum, 4,59).


Paradójicamente, para contrarrestar la ausencia de Dios en un mundo secularizado, San Josemaría propone a los sacerdotes, no tanto una fuerte actividad pública, con su correspondiente resonancia mediática, sino, sencillamente, “ocultarse y desaparecer”. De este modo, al desaparecer el “yo” del sacerdote se hará más presente Cristo en el mundo, que es de lo que se trata, según la lógica divina que se nos muestra en la celebración de la Eucaristía. «Me parece que a los sacerdotes se nos pide la humildad de aprender a no estar de modo, de ser realmente siervos de los siervos de Dios – acordándonos de aquel grito del Bautista: illum oportet crescere, me autem minui (Jn 3,30) para que los laicos hagan presente en todos los ambientes de la sociedad a Cristo» (San Josemaría Escrivá, Conversaciones, n.59).


En definitiva, y es a lo que vamos, la existencia sacerdotal consiste en poner todo lo propio a merced de Cristo: prestar la voz a Señor para que hable El; prestar las manos para que actúe El; prestarle cuerpo y alma para que pueda el Señor crecer, a través del ministerio, en cada uno de los fieles cristianos. Ante los desafíos del mundo contemporáneo, San Josemaría pide a los sacerdotes humildad y abnegación, caridad pastoral, para poner a disposición del Señor el propio yo: “que solo Jesús se luzca”.


San Juan María Vianney decía: «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». En la Carta enviada a los sacerdotes por Benedicto XVI con motivo del Año sacerdotal en el 150 aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, comentaba que «esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino para la humanidad misma». Cada uno puede pensar en sacerdotes fieles, entusiastas que perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”. Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars «evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio (…..)Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos d sus ministros».


¿Qué hacer ante estas situaciones? Reparar ciertamente; atender a las victimas pero sin que todo ello nos lleve a renegar del don sino a renovar «el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en esplendidas figuras de Pastores».


El Cura de Ars era muy humilde pero consciente plenamente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: «Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina». Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don: «Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta moriría…Dios le obedece: pronuncia dos palabras y nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia». Y explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos, decía: «Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para que pueda comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote..».


Parecía sobre cogido por un inmenso sentido de su responsabilidad: «Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor…Sin el sacerdote la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra…¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes». Es la misma imagen usada anteriormente por Catalina de Siena.


Y concluía el santo Cura: «Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias…El sacerdote no es sacerdote para sí mismo sino para vosotros».

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