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Carta del Prelado del Opus Dei (19 marzo 2022) | Fidelidad

En esta carta pastoral, el prelado del Opus Dei medita sobre algunos aspectos de la fidelidad a Jesucristo y a la vocación a la Obra, siguiendo las enseñanzas de san Josemaría.





Sumario de la Carta del Prelado (19 marzo 2022)


Fidelidad a la vocación, fidelidad a Jesucristo

Fidelidad apostólica

Fidelidad a la vocación y vida ordinaria

Lo permanente y lo mudable en la vida de la Obra

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!


¡Fieles, vale la pena!


1. Con esta expresión familiar que inspiró una antigua canción, san Josemaría nos animaba a ser muy fieles. Recuerdo con frecuencia que el 23 de agosto de 1963, en un curso de verano en Pamplona, durante un rato de tertulia con nuestro Padre, cantamos esa canción. Algunos notamos que, mientras nos escuchaba cantar esas palabras, nuestro Padre repitió en voz baja "vale la pena, vale la pena"; lo vimos como una expresión espontánea de su viva experiencia. Sacar la Obra adelante había valido la pena: tanto trabajo, tanto sufrimiento, tantas dificultades y, a la vez, tanta alegría. La fidelidad es necesariamente alegre, aun con dolor; con una alegría en el Señor, que es nuestra fortaleza (cfr. Ne 8, 10).


Fidelidad es un concepto amplio, con diversos significados: «Exactitud o veracidad en la realización de algo», «copia exacta de un texto»,«cumplimiento exacto de un deber, de una promesa», etc. Especialmente relevante es considerar la fidelidad en la relación entre personas, en su aspecto más humanamente profundo: el amor. «La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor». El amor auténtico de suyo es definitivo, es fiel, aunque por la debilidad humana pueda fallar.


La fidelidad abarca todas las dimensiones de nuestra vida, pues implica a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad, sentimientos, relaciones y memoria. Con estas breves páginas, en el marco del centenario de la fundación de la Obra, que se va acercando, desearía que ahora nos detuviéramos a meditar en unos pocos aspectos, guiados sobre todo por textos de san Josemaría.


Fidelidad a la vocación, fidelidad a Jesucristo


2. La vocación cristiana, en todas sus particulares expresiones, es llamada de Dios a la santidad. Llamada del amor de Dios a nuestro amor, en una relación en la que precede siempre la fidelidad divina: Dios es fiel (2 Tes 3, 3; cfr. 1 Cor 1, 9). «Nuestra fidelidad no es más que una respuesta a la fidelidad de Dios. Dios que es fiel a su palabra, que es fiel a su promesa».


La fe en la fidelidad divina da fuerza a nuestra esperanza, a pesar de que nuestra personal debilidad nos lleve a veces a no ser del todo fieles, en lo pequeño y quizá, en alguna ocasión, en lo grande. Entonces, la fidelidad consiste en recorrer –con la gracia de Dios– el camino del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 11-32). "La fidelidad a Jesucristo exige permanecer en continua vigilia, porque no cabe confiar en nuestras pobres fuerzas. Hemos de luchar siempre, hasta el último instante de nuestro paso por la tierra: éste es nuestro destino".


Necesitamos buscar perseverantemente la unión con el Señor. Buscamos, y encontramos, esta unión con Jesús en el trabajo, en la familia, en todo…; de modo eminente en la Eucaristía, en la Penitencia y en la oración. Además, no estamos solos; contamos también con la ayuda de los demás, especialmente en la dirección espiritual personal. Agradezcamos esta posibilidad, de abrir nuestra alma con sinceridad, para recibir aliento y consejo en el camino de crecimiento en nuestro amor a Dios. Y donde se alimenta nuestro amor, se fortalece nuestra fidelidad: "Enamórate, y no ‘le’ dejarás".


3. La fidelidad se manifiesta especialmente cuando supone esfuerzo y sufrimiento. También en esto, el ejemplo de nuestra Madre, la Virgen fiel, nos ilumina: «Sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El fiat de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat silencioso que repite al pie de la cruz».


Con la ayuda de Dios, podemos ser fieles, avanzar en el camino de la identificación con Jesucristo: que nuestros modos de pensar, de querer, de ver a las personas y al mundo, sean más y más los suyos, mediante un permanente comenzar y recomenzar, en el que "la conciencia de nuestra filiación divina da alegría a nuestra conversión". Se hará realidad así en nuestras vidas la exhortación de san Pablo a los filipenses: Tened en vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp 2, 5).


4. El encuentro y la unión con Jesucristo se realizan en la Iglesia, que visiblemente es Pueblo compuesto de muchos pueblos; constitutivamente es Cuerpo de Cristo y operativamente es sacramento: toda la salvación viene de Cristo mediante la Iglesia, muy especialmente porque la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia.


El hecho, siempre comprobable, de que la Iglesia la formamos hombres y mujeres débiles, con errores, no debe disminuir nuestro amor a ella. Tengamos siempre presente que, sobre todo, "la Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria".


La fidelidad a Cristo es, por tanto, fidelidad a la Iglesia. Y, en la Iglesia, procuramos vivir y fomentar la unión con todos, particularmente con los Obispos y, de modo especial, con el Romano Pontífice, principio visible de unidad de fe y de comunión. Mantengamos siempre vivo en cada uno de nosotros aquel deseo de nuestro Padre: "Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!".


La fidelidad a Jesucristo y a la Iglesia implica para nosotros la fidelidad a nuestra vocación al Opus Dei, viviendo el espíritu que hemos recibido de san Josemaría, que ha sido y es verdaderamente nuestro Padre en la Obra. Así lo expresaba él en una antigua carta dirigida a todos sus hijos: "No puedo dejar de levantar el alma agradecida al Señor, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra (Ephes. III, 15-16), por haberme dado esta paternidad espiritual, que, con su gracia, he asumido con la plena conciencia de estar en la tierra sólo para realizarla. Por eso, os quiero con corazón de padre y de madre" [8]. Ser hijas e hijos fieles de san Josemaría es camino vocacional nuestro para ser fieles hijas e hijos de Dios en Cristo.


Seguramente recordáis estas otras palabras de nuestro Padre: "La llamada divina exige de nosotros fidelidad intangible, firme, virginal, alegre, indiscutida, a la fe, a la pureza y al camino". No me detengo ahora más que en subrayar la alegría. Una fidelidad que es libre correspondencia a la gracia de Dios, vivida con alegría y también con buen humor. ¡Cuánto nos ayuda recordar estas otras palabras suyas!: "En lo humano, quiero dejaros como herencia el amor a la libertad y el buen humor".


5. Considerando la fidelidad en la Obra, ¿cómo no pensar en el beato Álvaro? Recuerdo que el 19 de febrero de 1974, no estando presente don Álvaro, de él comentó san Josemaría: "Querría que le imitarais en muchas cosas, pero sobre todo en la lealtad. (...) Ha tenido siempre una sonrisa y una fidelidad incomparables" [11]. Con frecuencia, me fijo en las palabras bíblicas vir fidelis multum laudabitur (Prov 28, 20: el hombre fiel será muy alabado), grabadas en el dintel de una puerta de la Villa Vecchia, que da entrada precisamente al despacho que ocupó don Álvaro durante muchos años.


Elevo mi alma al Señor también en agradecimiento por la fidelidad de tantas mujeres y de tantos hombres que nos han precedido en el camino y nos han dejado un testimonio precioso de ese vale la pena, evocado al inicio de estas páginas.

Nuestro Padre decía que toda persona que se acerque a la Obra, aunque sea por un tiempo breve, tendrá siempre nuestro cariño. Esto lo aplicaba aún más a quienes han estado un tiempo en la Obra y después han emprendido otros caminos; y a quienes en alguna ocasión se hayan sentido heridos, les pedimos perdón de todo corazón.


Fidelidad apostólica


6. La vocación cristiana a la santidad, a la identificación con Jesucristo, es –en todas sus formas, de un modo u otro– vocación apostólica: "No cabe disociar la vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor".


En toda época –en la nuestra lo vemos de modo impresionante– hay en el mundo una sed inmensa –tantas veces inconsciente– de Dios. Se cumplen siempre de nuevo aquellas palabras proféticas: Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que enviaré hambre a la tierra: no hambre de pan ni sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor (Am 8, 11).


¡Cuántas veces habremos meditado aquella vibrante exhortación de san Josemaría!: "Carísimos:Jesús nos urge. Quiere que se le alce de nuevo, no en la Cruz, sino en la gloria de todas las actividades humanas, para atraer a sí todas las cosas (Ioan XII, 32)".


Al experimentar las dificultades que la vida cristiana encuentra en este mundo –ateísmo, indiferencia, relativismo, naturalismo materialista, hedonismo, etc.–, viene quizá a la memoria la afirmación de san Juan: No améis al mundo ni lo que hay en el mundo (1 Jn 2, 15), que se refiere a lo que en el mundo se opone a Dios, y que resume en la triple concupiscencia (cfr. 1 Jn 2, 16). Pero, a la vez, el mundo, criatura de Dios, es bueno: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).


7. Procuremos, como nuestro Padre, "amar el mundo apasionadamente" [14], pues es el ámbito de nuestro encuentro con Dios y el camino hacia la vida eterna. Un amor que excluye la mundanidad: somos del mundo, pero no queremos ser mundanos; también, por ejemplo, viviendo el espíritu y la realidad práctica de la pobreza, que nos libera de tantas ataduras y, con sentido positivo, nos hace escuchar a san Pablo que nos asegura: Todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1 Cor 3, 22-23). El testimonio de vidas sobrias y austeras es –hoy y siempre– una manera de ser sal y luz en este mundo que hemos de transformar con el amor de Cristo.


Ante esta realidad –todas las cosas son vuestras–, nos alegramos con las alegrías de los demás, disfrutamos de todas las cosas buenas que nos rodean y nos sentimos interpelados por los desafíos de nuestro tiempo. A la vez, sentimos muy dentro del alma la situación del mundo, particularmente la triste realidad de la guerra, y de otras situaciones de grandes necesidades y sufrimientos de tantísimas personas, especialmente de las más débiles. Pero, insisto, no admitamos el pesimismo; al contrario, actualicemos la fe en la vitalidad del Evangelio –que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree (Rom 1, 16)– y la fe en los medios: oración, mortificación, ¡Eucaristía! y trabajo. Mantendremos, entonces, una visión esperanzada del mundo.


La fe es base de la fidelidad. No confianza vana en nuestra capacidad humana, sino fe en Dios, que es fundamento de la esperanza (cfr. Hebr 11, 1). «Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto».


Escuchemos de nuevo a nuestro Padre: "Si sois fieles, como fruto de vuestra entrega callada y humilde, el Señor –por vuestras manos– obrará maravillas. Se volverá a vivir aquel pasaje de San Lucas: regresaron los setenta y dos discípulos llenos de gozo, diciendo: Señor, hasta los demonios mismos se sujetan a nosotros, por la virtud de tu nombre (Luc. X, 17)".


Fidelidad a la vocación y vida ordinaria


8. En la vida de cada uno puede haber, de vez en cuando, circunstancias fuera de lo común, pero sabemos bien que la unión con el Señor y, con Él, nuestra misión apostólica han de realizarse fundamentalmente en la vida ordinaria: familia, trabajo profesional, amistades, deberes sociales…: «Ése es el principal lugar de nuestro encuentro con Dios», nos recordaba don Javier en una de sus primeros escritos.


Encontrar al Señor en todo el devenir de cada jornada supone descubrir el valor de lo pequeño, de las cosas pequeñas, de los detalles, en los que tantas veces podemos manifestar el amor a Dios y el amor a los demás. El mismo Jesús nos ha dicho: Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho (Lc 16, 10). Una fidelidad en lo poco que el Señor premia con la grandeza de su misma alegría (cfr. Mt 25, 21).


La propia experiencia personal nos muestra que esta fidelidad en lo poco no es una poquedad; al contrario: "La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo" [18]. Es el amor lo que da el mayor valor a todo el humano quehacer. La fidelidad es fidelidad a un compromiso de amor, y es el amor a Dios el sentido último de la libertad. Esta libertad de espíritu da la capacidad de amar lo que hay que hacer, también cuando supone sacrificio y, entonces, se puede experimentar lo que Jesús nos asegura: Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 29-30). Y san Agustín explica: «En aquello que se ama, o no se siente la dificultad o se ama la misma dificultad (...). Los trabajos de los que aman nunca son penosos».


9. Sabemos bien que encontrar a Dios, amar a Dios, es inseparable de amar, de servir, a los demás; que los dos preceptos de la caridad son inseparables. Con nuestro amor fraterno, que es señal cierta de vida sobrenatural, construimos nuestra fidelidad y hacemos más alegre la fidelidad de los demás: Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos (1 Jn 3, 14). ¡Con qué fuerza san Josemaría nos anima a vivir la fraternidad!: "Corazón, hijos míos, poned el corazón en serviros. Cuando el cariño pasa por el Corazón Sacratísimo de Jesús y por el Dulcísimo Corazón de María, la caridad fraterna se ejercita con toda su fuerza humana y divina. Anima a soportar la carga, quita pesos, asegura la alegría en la pelea. No es algo pegadizo, es algo que fortalece las alas del alma para alzarse más alta; la caridad fraterna, que no busca su propio interés, permite volar para alabar al Señor con un espíritu de sacrificio gustoso".


Ante el lugar que, en nuestra vida ordinaria, ocupa el trabajo, podríamos considerar –y examinarnos personalmente– sobre tantos aspectos que se encierran en aquel "santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo" [21]. Ahora querría invitaros a que meditemos cómo poder convertir mejor el trabajo en oración, que no consiste solo en tener algún detalle de piedad mientras trabajamos. De tantos modos nos lo ha explicado nuestro Padre. Releamos estas palabras suyas: "Realizad pues vuestro trabajo sabiendo que Dios lo contempla: laborem manuum mearum respexit Deus (Gen 31, 42). Ha de ser la nuestra, por tanto, tarea santa y digna de Él: no sólo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad, con justicia. De este modo vuestro trabajo profesional no sólo será recto y santo, sino que, también por este título será oración".


Con frecuencia experimentamos también en el trabajo nuestros límites y defectos; pero si, a pesar de todo, nos esforzamos en ese "saber que Dios nos contempla", podremos escuchar dirigidas a nosotros aquellas palabras de san Pablo: vuestro trabajo no es vano en el Señor (1 Cor 15, 58); como resumía nuestro Padre: "nada se pierde".


Lo permanente y lo mudable en la vida de la Obra


10. La fidelidad personal a la propia vocación en la Obra está necesariamente relacionada con la fidelidad institucional, es decir, con la permanencia de la Obra como institución en fidelidad al querer de Dios para ella como lo transmitió el fundador.

En 2016, don Javier nos recordó estas palabras de san Josemaría: "Lo mismo que permanece la identidad de la persona a lo largo de las diversas etapas del crecimiento: niñez, adolescencia, madurez...; así hay, en nuestro desarrollo, evolución: seríamos, si no, cosa muerta. Permanece inconmovible el meollo, la esencia, el espíritu, pero evolucionan los modos de decir y de hacer, siempre viejos y nuevos, siempre santos".


Comentando este texto, consideré entonces que es, sobre todo, en el ámbito del apostolado personal –que es el principal en la Obra–, y en el de orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas, donde procuramos poner iniciativa y creatividad, para llegar al trato de sincera amistad con numerosas personas y llevar la luz del Evangelio a la sociedad. Esa misma iniciativa y creatividad lleva también a buscar nuevas actividades apostólicas, dentro del mar sin orillas que el espíritu de la Obra nos presenta.

11. Esta creatividad puede entenderse como una versión de lo que, a veces, se llama fidelidad dinámica, o también fidelidad creativa. Una fidelidad que excluye tanto lo que sería un superficial afán de cambios como una actitud a priori contraria ante todo lo que sea o parezca una cierta novedad. "Por esta vocación nuestra, estamos presentes en el mismo origen de los rectos cambios que se dan en la sociedad, y hacemos también nuestros los progresos de cualquier época" [24]. Por esto, hemos de comprender y compartir las ansias de nuestro tiempo y, a la vez, no pretender adaptarnos a cualquier moda o costumbre, por muy actual y extendida que se manifieste, si resulta contraria al espíritu que Dios nos ha transmitido mediante nuestro fundador, incluso por ser inadecuada al tono humano y aire de familia propio de la Obra. En este sentido, "no habrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque somos del mundo; ni tendremos que ir detrás del progreso humano, porque somos nosotros –sois vosotros, mis hijos–, junto con los demás hombres que viven en el mundo, los que hacéis este progreso con vuestro trabajo ordinario".


También conviene tener en cuenta que, ante determinaciones establecidas para toda la Obra (por ejemplo, relativas a los medios de formación espiritual: círculos, meditaciones, retiros, etc.), es lógico que el discernimiento de la oportunidad de posibles cambios corresponda, en última instancia, al Padre con el Consejo General y la Asesoría Central. Por otra parte, no cualquier cambio a este nivel es indiferente con respecto al espíritu y se debe estudiar con prudencia. Por vuestra parte, no tengáis reparos en proponer proyectos apostólicos a quienes dirigen la labor, con espíritu de iniciativa y también de unidad –sin dejar de remar juntos–, con el deseo de llevar a muchas personas la alegría del Evangelio. En cualquier caso, estemos seguros de que «no estamos solos para hacer la Obra, ni contamos sólo con nuestras pobres fuerzas, sino con la fuerza y el poder del Señor».

12. Con nuestra fidelidad personal y la responsabilidad de todos en mantener la fidelidad institucional, a pesar de nuestras limitaciones personales, con la gracia de Dios podremos construir, a través de los cambiantes momentos históricos, la continuidad de la Obra en fidelidad a su origen. Se trata de la continuidad esencial entre pasado, presente y futuro, propia de una realidad viva. Don Javier nos animaba, en 2015, a pedir a san Josemaría que la Obra llegara al 2 de octubre de 2028 con la misma pujanza y frescura de espíritu que tenía nuestro Padre el 2 de octubre de 1928.


Así, podrá hacerse realidad, por la misericordia de Dios, aquello que veía san Josemaría: "Veo la Obra proyectada en los siglos, siempre joven, garbosa, guapa y fecunda, defendiendo la paz de Cristo, para que todo el mundo la posea. Contribuiremos a que en la sociedad se reconozcan los derechos de la persona humana, de la familia, de la Iglesia. Nuestra labor hará que disminuyan los odios fratricidas y las suspicacias entre los pueblos, y mis hijas y mis hijos –fortes in fide (I Petr V, 9), firmes en la fe– sabrán ungir todas las heridas con la caridad de Cristo, que es bálsamo suavísimo".

Encomendando a nuestra Madre santa María, Virgen fiel, y a san José, la permanente renovación de nuestra fidelidad, con todo cariño os bendice


vuestro Padre

Fernando


Roma, 19 de marzo de 2022


[1]. Benedicto XVI, Discurso, 12-V-2010.

[2]. Francisco, Homilía, 15-IV-2020.

[3]. Carta 28-III-1973, n. 9.

[4]. Camino, n. 999.

[5]. San Juan Pablo II, Homilía, 26-I-1979.

[6]. Es Cristo que pasa, n. 64.

[7]. Es Cristo que pasa, n. 131.

[8]. Carta 6-V-1945, n. 23.

[9]. Carta 24-III-1931, n. 43.

[10]. Carta 31-V-1954, n. 22.

[11]. San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 19-II-1974.

[12]. Es Cristo que pasa, n. 122.

[13]. Instrucción, 1-IV-1937, n.1.

[14]. Conversaciones,n. 118.

[15]. Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, n. 31.

[16]. Carta 24-III-1930, n. 23.

[17]. Javier Echevarría, Carta pastoral, 28-XI-1995, n. 16.

[18]. Camino,n. 813.

[19]. San Agustín, De bono viduitatis, 21, 26.

[20] Carta 14-II-1974, n. 23.

[21] Es Cristo que pasa, n. 45.

[22] Carta 15-X-1948, n. 26.

[23] Carta 29-IX-1957, n. 56.

[24]. Carta 14-II-1950, n. 21.

[25]. Carta 9-I-1932, n. 92.

[26] Javier Echevarría, Carta pastoral, 28-XI-1995, n. 11.

[27]. Carta 16-VII-1933, n. 26.

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