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Padres, niños y libertad

G. K. Chesterton afirmaba con fuerza paradójica esta profunda verdad: “El triángulo obvio de padre, madre e hijo no puede ser destruido; en cambio, puede destruir las civilizaciones que lo obvian”.



José Miguel Granados Temes

(Universidad San Dámaso)


Construcción o destrucción


G. K. Chesterton afirmaba con fuerza paradójica esta profunda verdad: “El triángulo obvio de padre, madre e hijo no puede ser destruido; en cambio, puede destruir las civilizaciones que lo obvian”. Las ideologías y políticas anti-familiares resultan suicidas para la sociedad. En cambio, los matrimonios bien constituidos, unidos en el amor fiel y abiertos a la procreación, son la esperanza de los pueblos.

Por otro lado, las excusas para impedir la fecundidad humana ofrecen argumentos falaces, que esconden el egoísmo de un burdo materialismo infrahumano. Así las desenmascara ingeniosamente el mismo Chesterton: “Un niño es el signo y el sacramento de la libertad personal. Es algo que sus padres han decidido producir libremente y que libremente han decidido proteger. Es la contribución propia y creadora de los padres a la obra de la creación. Quienes prefieren los placeres mecánicos a un milagro como ése, están desalentados y esclavizados. Son ellos los que están abrazando las cadenas de la vieja esclavitud; y es el niño el que está preparado para el nuevo mundo”.


El sentido de la libertad es el don de sí, que conlleva la grandeza y la fecundidad de la entrega. Por eso, la apertura del matrimonio al nacimiento de los hijos contribuye al crecimiento de las personas y de las naciones en libertad creativa.


Rechazo o acogida


El rechazo del hijo denota actitudes injustas e inmorales, que degeneran en sociedades desesperanzadas y agonizantes. Pues cada niño es un valor incalculable para la comunidad, que merece la ayuda de todos. La acogida y promoción de la nueva vida humana débil constituye el baremo del verdadero progreso social y de la auténtica civilización de la vida y del amor.

El hijo ha de ser siempre querido y custodiado. Como señalaba el Papa Francisco, “cuando se trata de los niños que vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será considerado demasiado costoso o grande. El don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de la vida eterna. Una mirada serena hacia el cumplimiento último de la persona humana, hará a los padres todavía más conscientes del precioso don que les ha sido confiado” (La alegría del amor, n. 166).

De este modo, los padres descubren que engendrar, criar y educar a los hijos llena de sentido su existencia, al contribuir al desarrollo de la comunidad civil y eclesial. Por ello, deberían recibir todo el apoyo por parte de las autoridades y de la legislación.


Don precioso


El Señor ha querido que esa comunión conyugal, constituida mediante la donación recíproca de los esposos, sea como la tierra fértil para recibir de Dios la semilla del hijo, y para que todos vivan con la conciencia de su identidad y vocación en la lógica del don de sí a los demás.“El hijo es el don más precioso del matrimonio, de la familia y de la entera sociedad” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2378).

El don del hijo reclama ser recibido con asombro y gratitud. Suscita en los padres la responsabilidad y la misión de ayudarle a desarrollar el potencial de su humanidad. “La familia es el ámbito no sólo de la generación sino de la acogida de la vida que llega como regalo de Dios. Cada nueva vida nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, que jamás deja de sorprendernos. Es la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen. Esto nos refleja el primado del amor de Dios que siempre toma la iniciativa, porque los hijos son amados antes de haber hecho algo para merecerlo” (La alegría del amor, n. 166).

En efecto, Dios “nos amó primero” (1 Jn 4,19), de modo gratuito y generoso; y los padres están llamados a entrar en esta dinámica de querer al hijo desde el comienzo, desinteresadamente, colaborando así a que se descubra y respete su dignidad personal y cada uno enriquezca a los demás con su aportación. Realmente, el don de los hijos aporta al mundo novedad, futuro y alegría.

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