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Las Obras Misionales Pontificias tienen el deber de ofrecer apoyo constante a las Iglesias jóvenes

Recogemos aquí la ponencia de José María Calderón, director nacional de Obras Misionales Pontificias (OMP) de España, durante la última edición de "Aprender Roma".


José María Calderón, durante su ponencia.


Las Obras Misionales Pontificias (OMP) son una red mundial al servicio del Papa para apoyar la misión universal de la Iglesia y a las Iglesias jóvenes con la oración y la caridad misionera. Presentes en España desde 1839, las Obras Misionales Pontificias están extendidas por todas las diócesis españolas.


Son Obras porque fomentan la acción misionera; Misionales, porque canalizan la responsabilidad de todo el pueblo de Dios por la misión universal de la Iglesia; y son Pontificias desde 1922, año en que Pío XI las asumió como Obras del Papa, proponiéndoselas a toda la Iglesia.


Sus dos grandes objetivos son:


Apoyar a los territorios de misión

Proporcionar a los 1.116 territorios de misión lo necesario para que ningún rincón del mundo se quede sin la esperanza de conocer a Dios. Sostener el testimonio cristiano de caridad que se expresa mediante la evangelización universal.

Por encargo del Papa, las Obras Misionales Pontificias tienen el deber de ofrecer un constante apoyo espiritual y material a las Iglesias jóvenes.


En la actualidad existen 1.116 territorios de misión1: son las zonas en las que la Iglesia está en sus inicios, y necesitan un apoyo especial. Constituyen un tercio de las diócesis de todo el mundo y ocupan el 43,13% de la superficie de la tierra.


– El 45,70% de la humanidad vive en los territorios de misión.


– Aproximadamente un 44% del trabajo social y educativo de la Iglesia se desarrolla en los territorios de misión.


– Uno de cada tres bautismos en el mundo se celebra en los territorios de misión.


– Con respecto al promedio universal, un sacerdote atiende a más del doble de habitantes en los territorios de misión.


Promover el espíritu misionero

Concienciar y formar a todos los fieles, y fomentar su participación efectiva en la misión universal de la Iglesia.


La función de impulsar y dirigir la misión está encomendada en la Iglesia universal al Romano Pontífice y al Colegio Episcopal; en la Iglesia particular, al Obispo diocesano.


El Papa encomienda el impulso y la supervisión de la obra misionera a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos: el Secretario Adjunto de la Congregación es Presidente de las Obras Misionales Pontificias. Ellas se encargan de promover eficazmente la animación, formación y cooperación misionera por medio de las Direcciones Nacionales de OMP, que ya están presentes en más de 100 países de los cinco continentes. Es función de las Obras ayudar a los Obispos a cumplir con su deber misionero.


Las cuatro Obras Misionales Pontificias comparten el criterio común de la eclesialidad al servicio de la misión divina. Dios Padre ha enviado a su Hijo al mundo para salvarlo y Cristo envió al Espíritu Santo para realizar su obra salvífica e impulsar a la Iglesia a llevar al mundo entero la vida de Dios, que es amor. Cada Obra, con su fin fundacional propio, nació para llevar esta vida divina hasta los últimos confines de la tierra y trae al primer plano algún aspecto fundamental que, de hecho, está presente en las cuatro:


La Obra de la Propagación de la Fe tiene por objeto suscitar el interés y la responsabilidad por la evangelización universal en las familias, en las comunidades cristianas, en las parroquias, en los centros docentes, en los movimientos eclesiales y en las asociaciones apostólicas. Promover la ayuda espiritual, material y el intercambio de personal apostólico para la evangelización del mundo. De esta Obra depende el Domund, es decir todo el octubre misionero.


La Obra de San Pedro Apóstol fue creada para sensibilizar al pueblo cristiano acerca de la necesidad de la formación del clero nativo en cada Iglesia de misión y para favorecer la colaboración espiritual y material con los futuros sacerdotes. De esta obra depende la Jornada de vocaciones nativas y la del misionero diocesano, es decir todo lo que es la Primavera de la Iglesia.


La Obra de la Infancia Misionera ayuda a educadores y formadores de niños y adolescentes a despertar en ellos una conciencia misional universal y guiarlos hacia una comunión espiritual y material con los niños de otras regiones e Iglesias más pobres. De esta obra depende la Jornada de la Infancia Misionera y la de sembradores de estrellas, es decir, todo lo que es la Navidad y Reyes.


La Pontificia Unión Misional se encarga de promover la formación misionera de los sacerdotes, miembros de institutos religiosos, sociedades de vida común, institutos seculares, candidatos al sacerdocio y la vida consagrada y de las personas comprometidas en el ministerio pastoral de la Iglesia.



2022, año de centenarios

Este año celebramos varios acontecimientos importantes que hacen que las Obras Misionales Pontificias, y por ello también toda la tarea misionera de la Iglesia, esté de jubileo:


“Nuestra época, sin embargo, goza de los beneficios de los que la precedieron y, a menudo, sabe muchas cosas, no por su propio ingenio, sino apoyándose en la fortaleza de otros y en la rica doctrina de los Padres. Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a hombros de gigantes. Podemos ver más y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque su altura de gigantes nos eleva”.


Estas palabras son tomadas de un discípulo de Bernardo de Chartres (1070-1130). De forma muy gráfica, Bernardo de Chartres justifica, según recoge este discípulo, la deuda de los hombres con los antepasados. Y es cierto. Todo lo que hoy sabemos es porque los que nos precedieron fueron legando a la ciencia, a la cultura, al arte, a la filosofía… evidentemente, con ese trampolín, nosotros podemos llegar aún más lejos.


Y este texto nos ha servido este año para designar todo lo que en el ámbito de la misión tenemos entre manos en este año 2022. “A hombros de gigantes” recordamos, con entusiasmo y agradecimiento, muchos pasos que se dieron el pasado, y que han servido para que hoy la Iglesia continúe teniendo la tarea evangelizadora como tarea primordial.


Fue el Santo Padre Gregorio XV, quien, mediante la bula Inscrutabili Divinae, constituye la Congregación Propaganda Fide el 22 de junio de 1622. Son cuatro siglos de existencia de esta Congregación que pretende poner fin a que la tarea evangelizadora esté encomendada por las coronas europeas. La Iglesia, que es quien ha recibido el mandato del Señor, de llevar el Evangelio a todo el mundo, debe ser también quien ordene con criterios evangélicos toda la tarea misionera. Pablo VI, en 1967, le cambió el nombre por Congregación para la Evangelización de los Pueblos.


Son por lo tanto cuatrocientos años desde que la preocupación por organizar la evangelización de los territorios que se van descubriendo, de los territorios nuevos, y la organización de las nuevas diócesis y jerarquías está en manos del Papa y de aquellos que colaboran con él en el gobierno de la Iglesia.


Cuatrocientos años se cumplen también de la canonización de San Francisco de Javier. Este navarro universal nació en Javier el 7 de abril de 1506 y fallece el 3 de diciembre de 1552, con tan solo 46 años, en la Isla de Sanchón (Imperio Ming). Gregorio XV le canoniza junto al fundador de su congregación, la Sociedad de Jesús, Ignacio de Loyola, y otros grandes santos como Felipe Neri, Isidro Labrador y nuestra Teresa de Jesús. Será en 1927 cuando Pío XI le nombra Patrono de las Misiones, junto a Teresa del Niño Jesús.


El 3 de mayo de 1822, una mujer joven, con tan solo 23 años de edad, en Lion, promueve una Asociación con un método peculiar de cooperación con las misiones de las Iglesia. Pauline Jaricot (22 de julio de 1799-9 de enero de 1862), que es el nombre de esta mujer, había puesto en marcha, unos años antes, de un modo informal, un sistema para recaudar fondos para la misión y los misioneros y encender el corazón de inquietudes misioneras entre sus conocidos. Esta obra será llamada de Propagación de la Fe, y uno de los principios básicos que la sostienen es la universalidad de la misión, asume la catolicidad como una de las características de esta obra. Han pasado, por lo tanto, 200 años desde que esta obra se fundó.


Hace ciento cincuenta años nace otra persona importante para la animación misionera de nuestra sociedad: Paolo Manna. Nacido el 16 de enero de 1872 en Avellino (Italia), este sacerdote fundará, años más tarde, lo que hoy conocemos como la Pontificia Unión Misional. Había sido misionero en Birmania, tuvo que regresar a Italia por culpa de su mal estado de salud, y allí, para fomentar el apoyo desde ‘la retaguardia’ a la misión, funda, apoyándose a san Guido María Conforti, la Unión Misional en 1916. Su ánimo era que la animación y formación misionera llegara a toda la Iglesia. Para ello había que comenzar, sin duda, por los pastores y el clero diocesano. A estos, pensó, les correspondía instruir a los fieles y organizarlos en favor de la actividad misionera de la Iglesia. Paolo Manna murió en Nápoles el 15 de septiembre de 1952.


Esta obra se propone ofrecer una adecuada formación misionera a quienes —como obispos, sacerdotes, religiosos/as o agentes de pastoral— tienen una responsabilidad especial en la animación misionera de las comunidades cristianas, y también vela para que la información misionera llegue a todos. A esta gran intuición se la suele denominar “el alma de las Obras Misionales Pontificias”, precisamente porque su objetivo es ofrecer fundamento espiritual y formativo a las otras tres Obras. Pío XII, el 28 de octubre de 1956, constituye a la Unión Misional como la cuarta Obra Misionera Pontificia.


San Juan Pablo II beatificará al P. Paolo Manna el 4 de noviembre de 2001.

Cincuenta años después, el 3 de mayo de 1922, el Papa Pío XI, consciente de la importancia de las obras misioneras fundadas en Francia, la Obra de Propagación de la Fe, la de la Santa Infancia y la de San Pedro Apóstol, las eleva a rango Pontificio con el Motu proprio Romanorum Pontificium. Se instituyen, ¡hace 100 años! las Obras Misionales Pontificias.


Hemos hablado ya, porque se celebra el bicentenario, de la fundación de la Obra Pontificia de Propagación de la fe. Pero digamos, al menos, algo sobre las otras dos Obras Misionales que en 1922 fueron constituidas en Pontificias.


La Santa Infancia nace también en Francia. Mons. Charles de Forbin-Janson (1785-1844), Obispo de Nancy. Es una intuición preciosa que pretende concienciar a los niños de su diócesis que hay muchos niños que no tienen la posibilidad de conocer a Jesús, porque no tienen quien les hable de Él o los medios materiales para poder formarse bien. Esta obra, sencilla, pretende el cuidado de la infancia, y es precursora de la Declaración de los Derechos del Niño, en Ginebra (1924), y de la creación de Unicef que no llegará hasta 1946.


La Obra de San Pedro Apóstol es una clarividencia importantísima que tiene Juana Bigard (1859-1934) y su madre, Estefanía Cottin de Bigard. Tras una carta enviada el 1º de junio de 1889 por el Vicario Apostólico de Nagasaki (Japón), estas dos mujeres entienden que la evangelización no será posible, hasta que los lugares donde los misioneros están trabajando tengan capacidad de fomentar y formar las futuras vocaciones sacerdotales. Cuando en un determinado territorio surgen vocaciones, que puedan hacerse cargo de la atención pastoral y espiritual de sus pueblos y gentes, entonces, se podrá pensar que la Iglesia está constituida. Ellas se encargarán de recaudar fondos para poder ayudar a que las tierras de misión puedan formar sus propias vocaciones. Lo que en un principio era pensando en las vocaciones al sacerdocio exclusivamente, luego se abrió a las vocaciones a la vida consagrada y a la misión.


Todos estos acontecimientos irán recorriendo el calendario misionero de España y del mundo entero. Pero hay que añadir una fecha más, casi como broche de oro de tanta celebración. Pero se trata de una fecha ya no del pasado, sino de la actualidad. Dentro este año, el 22 de mayo, el Cardenal Tagle, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, beatificó a Paulíne Jaricot, fundadora de la Obra Pontificia de Propagación de la fe, en su ciudad natal, la ciudad de Lion. Allí fue convocada la Asamblea de Directores Nacionales de las Obras Misionales Pontificias de este año, para poder ser testigos en esta preciosa ceremonia.

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