El sentido de la mortificación hoy
- tonovelasco
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El sentido de la mortificación hoy -primera Collatio del curso- fue tratado por el profesor Jaime López Peñalba en el Ateneo de Teología.

Una de las experiencias religiosas más significativas para reconocer y analizar la
mutación en curso que está atravesando la espiritualidad contemporánea es, precisamente, la vivencia ascética.
En efecto, la noción de espiritualidad se encuentra sometida hoy en día a una gran
transformación en este cambio de época que todos descubren1. No podemos detenernos en todas las características que describen este movimiento, que está en marcha desde hace siglos y posee una inercia definida, aunque podemos intentar sintetizar esta metamorfosis bajo la perspectiva de un nuevo divorcio entre religión y espiritualidad: o sea, se afirma la necesidad existencial de una trascendencia en la vida del ser humano, insatisfecho y mutilado por las lógicas productivistas y consumistas del capitalismo tardío, que se resuelve en una espiritualidad abstracta, subjetivista e individualista –una experiencia de un cierto absoluto–, que rechaza explícitamente dioses, dogmas e iglesias. En este marco difuso y vago a propósito cabe la New Age y todos sus subproductos orientalistas, muchas nuevas sectas pentecostales y las espiritualidades humanistas propuestas especialmente en nuestro entorno europeo.
Significativamente, todos estos nuevos movimientos pararreligiosos incluyen una
enseñanza ascética, a la medida de su experiencia espiritual, como veremos más adelante. Se verifica así la necesidad perenne de algún tipo de camino penitencial en cualquier sistema pedagógico que quiera enseñar a vivir al hombre y orientarle hacia una plenitud existencial. Si se admite este horizonte, sencillamente se requiere una ascesis.
En la espiritualidad cristiana, la experiencia ascética es una realidad imposible de
negar 2. Pues la revelación de Dios en Jesucristo, desde las grandes luminarias de la encarnación y de la Pascua, nos descubren que la vida humana siempre atravesará la maduración de la naturaleza creada, la asunción de la pobreza existencial, el combate contra el mal, el cansancio de la misión y el sacrificio del amor hasta el extremo. El camino realizado por Jesucristo es ya eterno: para todos y para siempre, y la vocación a la santidad y a la bienaventuranza es, simultáneamente, una vocación a la Cruz (cf. Lumen Gentium 42).
Sin embargo, aunque esta llamada ciertamente es universal, nada tan relativo en la historia de la espiritualidad como la ascesis. Según han cambiado los condicionantes sociales y culturales de cada época, pero también según han ido surgiendo santos, maestros y escuelas de espiritualidad, las formas concretas de la ascesis han ido naciendo, adaptándose y variando. En cuanto tal, la experiencia ascética permanece en los siglos. En su realización material a lo largo del tiempo y de la geografía religiosa, sin embargo, su fenomenología es inabarcable.
Para la fe cristiana, ¿qué es la ascesis? En nuestro actual Catecismo de la Iglesia
católica, que en su edición americana incluye un glosario final de conceptos –elaborado por los obispos estadounidenses, y aprobado por Roma–, se describe así: «la práctica de la penitencia, la mortificación y la negación de uno mismo, para promover un mayor autodominio e impulsar el camino de la perfección abrazando el camino de la cruz» 3. En el Catecismo romano, ciertamente con otro tono, se define así: «las obras externas de penitencia, como son los ayunos, limosnas, oraciones y otras mortificaciones del cuerpo, que sirven para aplacar la justicia divina y para domar la carne rebelde» 4.
En los manuales de teología espiritual vigentes, se prefiere hablar de ascesis más
que de mortificación, como una experiencia espiritual más general y amplia que incluye a esta última. Se suele elaborar una tipología sencilla, que ayuda a entender su realidad compleja 5.
Se afirma en primer lugar una doble perspectiva positiva y negativa. Por un lado, la ascesis positiva consistiría en aquellos ejercicios espirituales que buscan la madurez moral del hombre espiritual. Es decir, todo lo que tiene que ver con el conocimiento de uno mismo y el crecimiento en virtudes. Por ejemplo, el examen de conciencia, el aprendizaje de hábitos, etc…
Por otra parte, la ascesis negativa consistiría en aquellos ejercicios espirituales que
apuntan al desarraigo del pecado y de las raíces de la pecaminosidad en el hombre
espiritual. Se refiere a toda la dinámica tradicional del combate espiritual, pero también a ámbitos de la espiritualidad cristiana, que abundan en publicaciones devocionales y divulgativas, y olvidan profundizar teológicamente. Pero en este punto concreto de la dimensión penitencial de la vida espiritual, el vacío es elocuente.
Las experiencias fundamentales del desapego y de la mortificación. En la tradición espiritual, a esta vía ascética negativa también se le ha denominado: purificaciones. En cualquier caso, aparecen claramente tres fines que permiten comprender adecuadamente la ascesis, y el porqué de su importancia en la enseñanza de la Iglesia.
En primer lugar, la ascesis es una experiencia educativa. Está al servicio del
crecimiento del hombre y de su grandeza existencial. Esencialmente, busca fortalecer los músculos operativos que son sus virtudes, edificar una libertad lúcida y fuerte, e integrar armónicamente todas sus potencias espirituales desde el centro de gravedad de la caridad.
Esta idea estaba ya presente en el significado originario del término griego ἄσκησις,
inicialmente referido a la práctica y al entrenamiento de los atletas y de los soldados, aunque su uso pronto derivó también al esfuerzo físico y a la disciplina de los artesanos en sus talleres.
Es necesario que la Iglesia recupere esta vocación de madre y maestra de una vida
buena. Ciertamente, el ateísmo filosófico de la Modernidad ha conseguido que penetre en la opinión común el supuesto antihumanismo que, según su crítica, viene de la moral cristiana, resignada al valle de lágrimas, juzgando como pecado todo lo que es placer y felicidad en la vida humana.
Aunque tampoco el ideal humano moderno goza de muy buena salud hoy en día,
sospechoso de lógicas capitalistas interesadas que reducen al hombre a productor y
consumidor, responsables de la epidemia de soledad, ansiedad y depresión que campa en nuestras sociedades. De hecho, se abren paso respuestas que apuntan a una nueva visión del hombre: experiencias laicas de meditación y retiros de fin de semana, teorías de la slow life, asociacionismo a distintos niveles, formación en la atención, en la gestión emocional, en el desarrollo del potencial de cada uno…
Es crucial que la antropología propia –muy ambigua, reconozcámoslo– a estas
propuestas no se convierta en el único modelo visible de una humanidad cumplida y acabada. Corre el riesgo también de convertirse en un fundamento antropológico subyacente de la pastoral eclesial, y que sea el verdadero trasfondo de la formación de nuestros colegios, de la literatura religiosa divulgativa y de la predicación de nuestros pastores.
¿Cómo conseguir que la Iglesia genere grandeza humana, magnánima, con la talla
humana de los santos y de la Virgen María, que haga eco del misterio de la encarnación? Por ejemplo, en el debate cultural contemporáneo sobre la nueva masculinidad. Se trata de un reto educativo formidable.
En segundo lugar, la ascesis es una experiencia terapéutica. Apunta directamente a
la enfermedad más profunda y radical del hombre: el pecado, entendido como hamartia, es decir, como estado espiritual del ser humano herido por el trastorno del pecado original. La tradición patrística ya hablaba de la vida cristiana como un camino de sanación de la realidad enfermiza del hombre, desquiciado en su inteligencia, voluntad, memoria, deseo, etc… a través de una amplia gama de terapias y medicinas: la oración, el ayuno, la penitencia, los sacramentos, la dirección espiritual, etc… Y siempre lo ha propuesta dentro de la iniciación espiritual más primeriza, consciente de que no hay vida espiritual madura sin el combate con las inercias pecaminosas del hombre y el triunfo sobre los pecados mortales.
Resulta muy interesante esta perspectiva que relaciona pecado y salud, siempre en
un horizonte teológico y espiritual. La salud es claramente uno de los ideales actuales, bajo la forma de la cultura del bienestar (wellness). Las espiritualidades contemporáneas, desde la New Age a las experiencias pentecostales, se toman la cuestión de la salud y de la sanación como uno de sus intereses más vivos 6. La ascesis cristiana puede intentar dialogar con esta visión del hombre, consciente de lo mucho de mundanidad espiritual que les afecta, desde sus propias nociones de lo enfermo y lo sano, mucho más completas. Es decir, vivir sin hacer pactos con el pecado es, en último término, una cuestión de salud.
En fin, el tercer horizonte es el más importante para entender bien la ascesis
cristiana: ella es una experiencia de seguimiento e imitación de Cristo.
Así aparece en el Evangelio: si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí
mismo, tome su cruz y me siga (Mt 16,24).
Lo más decisivo de la ascesis cristiana en todas sus formas, desde la mortificación
hasta las noches, es este dinamismo teologal que lo articula y le da sentido. Pues su fin último es la configuración con el Crucificado –adquirir su forma, su figura, su ser– y la unión con Dios.
Sin esta perspectiva más teológica, es imposible comprender la ascesis en general, y la mortificación en particular. Cuando acudimos a las enseñanzas de los santos y de los maestros espirituales más asentados en la tradición eclesial, los fines educativos y terapéuticos a los que hemos hecho referencia sí son reconocidos, pero mucho menos valorados en comparación con las razones de amor a Dios que mueven y sustentan una vida de penitencia. Amamos a Cristo, que es el fin de nuestros desvelos, y buscamos la penitencia, que hemos comprobado que es un signo y un medio de este amor.
En último término, está en juego la potencia transformadora de la caridad divina que confiesa la fe. Se pueden actualizar, y se debe hacer, las lógicas más humanas de la ascesis, a modo de unos preambula fidei para este caso de espiritualidad, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1P 3,15). Pero lo decisivo es descubrir al bautizado, al converso y al hombre espiritual que se nos ha concedido una fuerza de lo alto con el amor derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5), que cambia realmente la vida llevándola a una órbita nueva alrededor de Jesucristo.
Este amor, como todo auténtico amor, nos asemeja al Amado, a Jesucristo penitente, que hizo ayuno (cf. Mt 4,2), renunció a comodidades (cf. Mt 8,20), pasaba las noches sin dormir para orar sin cesar (cf. Lc 6,12)… y abrazó una Cruz. El amor que rechaza compartir la vida en sus cansancios y sus sacrificios es distancia, es relación de conveniencia, no es amor verdadero.
Además, el amor auténtico, en el nivel del amor humano, pero especialmente en la
experiencia del amor divino, es sobreabundancia, es exuberancia, es cierta embriaguez y locura. Así lo ha reconocido la tradición mística, hablando de sobria ebrietas para expresar el entusiasmo que provoca el don del Espíritu Santo, o de amor maníaco (μανιακός) para intentar describir la pasión última que supone la misericordia divina. La ascesis pertenece a este exceso del amor, que romperá tantas veces los límites de lo razonable: ahora me alegro de mis sufrimientos… dice Pablo, así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo (Col 1,24).
En estas alturas, se intuye, se vislumbra la transfiguración que busca la ascesis. Igual que la resurrección es el acontecimiento salvífico que da sentido a la pasión de Cristo, sin superarla ni anularla, sino mutándola, transformándola radicalmente, integrándola en la nueva vida que nace de la Pascua, de la misma manera, el amor nuevo del Espíritu Santo transfigura la ascesis y la penitencia, convirtiendo estos actos en una vía pascual de espiritualización: se queman los pecados, se sobrenaturaliza la libertad, aparece la forma – advertimos, de nuevo, que aquí forma no es apariencia ni mero obrar moral, sino la esencia de algo que se visibiliza, se hace presente real y operativamente– del Crucificado en la existencia del hombre espiritual.
Cerramos con un último apunte: a medida que el penitente se hace más semejante
a Jesús en la cruz y adquiere los sentimientos de su corazón, gana también su amor hasta el extremo (cf. Jn 13,1), su alma eclesial e intercesora, y su compasión ilimitada. Entonces, se hará hermano, compañero de camino de todos los que peregrinan bajo el peso de la injusticia y del sufrimiento, aquellos que penan porque el mundo del pecado y del mal les ha alcanzado y arrollado. La ascesis no es un vis-à-vis que encierre al cristiano en el espiritualismo. Nadie es tan solidario con los ‘penitentes’ involuntarios de este mundo como los santos, porque nadie es tan sensible al mal y al pecado como ellos.
Ahí está la Virgen Purísima, la Inocente sin mácula, Madre de dolores, que lo sufre
todo y con todos, por amor, porque no hay nada más en su corazón que amor.
PROF. DR. D. JAIME LÓPEZ PEÑALBA
UNIVERSIDAD SAN DÁMASO
1 Cf. F. Lénoir, La metamorfosis de Dios: la nueva espiritualidad occidental (Alianza, Madrid 2005).
2 Cf. Ch. Morel, “Mortification”, Dictionnaire de Spiritualité, vol. 10 (Beauchesne, Paris 1978) 1791-1799. Se verifica una escasez grande de estudios teológicos sobre la mortificación, como también pasa en muchos otros.
3 Catechism of the Catholic Church (Libreria Editrice Vaticana, USCCB, Washington DC 2019) 867.
4 Parte II, capítulo V, n. 59.
5 Cf. VV. AA., L’ascèse chrétienne et l’homme contemporain (Cerf, Paris 1951).
6 Cf. M. Cornejo, M. Blázquez, “De la mortificación a la New Age: genealogía y política de las espiritualidades terapéuticas contemporáneas” Nómadas: Revista crítica de ciencias sociales y jurídicas 49 (2016).
